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Los Setenta y Dos Nombres: el Shemhamphorasch y el Arte de Invocar sin Poseer

Un ensayo sobre el Shemhamphorasch, los setenta y dos nombres derivados del Éxodo, y la diferencia esencial entre invocar con reverencia y poseer con violencia espiritual.

El Nombre que se Despliega

Hay, en la tradición mística judía, un nombre que no se pronuncia porque no es, en rigor, una palabra: es una arquitectura. Me refiero al Shemhamphorasch, expresión hebrea que los antiguos comentadores tradujeron como 'el Nombre Dividido' o 'el Nombre Explicado', y que designa, en la cábala práctica, el conjunto de setenta y dos nombres derivados de tres versículos del Libro del Éxodo, en el episodio del cruce del Mar. Cada uno de esos versículos, en la lectura tradicional, contiene setenta y dos letras hebreas, y la superposición cuidadosa de las tres líneas —una de ellas leída de derecha a izquierda— produce setenta y dos grupos de tres letras. A esos grupos, los cabalistas medievales y renacentistas añadieron sufijos teofóricos, como 'El' o 'Yah', engendrando setenta y dos nombres que la tradición posterior asoció a inteligencias angélicas.

No se trata de una invención arbitraria, sino de un ejercicio hermenéutico profundamente enraizado en el método cabalístico llamado gematría y en los procedimientos de notarikon y temurah —técnicas de lectura que buscan, bajo el tejido literal del texto sagrado, capas de significado que la tradición oral habría de preservar y transmitir. El estudioso serio ha de reconocer que la datación exacta de esas técnicas aplicadas al Éxodo es incierta, y que su sistematización más conocida aparece en obras cabalísticas ya muy posteriores a la redacción bíblica, absorbidas después por corrientes del hermetismo renacentista y por ciertos grimorios de magia angélica que circularon por Europa entre los siglos XVI y XVIII. El respeto a la fuente exige que no confundamos la exégesis judía original, de carácter esencialmente contemplativo, con los usos operativos que de ella se hicieron en ambientes cristianos y ocultistas posteriores.

De la Letra al Ángel: un Puente entre Mundos

La asociación de los setenta y dos nombres con jerarquías angélicas no es caprichosa; responde a una cosmovisión en la que el lenguaje no es mero instrumento de comunicación humana, sino eco de un orden creador. Si, como enseña la tradición cabalística, el mundo fue tejido por medio de letras y números —las treinta y dos vías de sabiduría de que habla el Sefer Yetzirah—, entonces nombrar correctamente es, de algún modo, tocar la estructura íntima de las cosas. Los setenta y dos nombres serían, en esta lectura, haces de luz inteligible, aspectos particulares y limitados de una única e inefable Unidad, que la mente humana, finita, necesita fragmentar para poder aproximarse.

Por eso la magia angélica, cuando se practica con seriedad y no como espectáculo, jamás trata esos nombres como fórmulas mecánicas de control. El operador cuidadoso los comprende como ventanas de contemplación —puntos de entrada para una disciplina de atención y reverencia, no teclas de un panel que acciona fuerzas a su antojo. La diferencia es sutil, pero decisiva: quien invoca busca comunión; quien pretende poseer busca dominación. Y toda tradición espiritual digna de ese nombre enseña que el segundo camino, aun cuando aparente éxito, corrompe primero a quien lo recorre.

Invocar sin Poseer: el Núcleo de la Cuestión

El título de este ensayo evoca una distinción que juzgo central para cualquier práctica ceremonial seria, sea ella cabalística, angélica, elemental o goética: la diferencia entre invocar y poseer. Invocar, en su raíz latina, es llamar hacia dentro —invitar a una presencia, una virtud, una inteligencia a manifestarse en el espacio ritual, siempre bajo el signo de la invitación y nunca de la coerción. Poseer, por el contrario, supone apropiación: tratar a lo invocado como objeto a ser capturado, usado y descartado según la voluntad del operador. La primera actitud reconoce la alteridad de lo sagrado; la segunda la niega.

Cuando el mago ceremonial trabaja con los setenta y dos nombres, no está, en rigor, comandando ángeles como si fuesen siervos de un contrato mercantil. Está, más bien, alineando su propia voluntad —purificada, en la medida de lo posible, de vanidad y de urgencia— con un orden que él reconoce como superior y anterior a sí mismo. La tradición hermética habla de 'invocación' y reserva el término 'evocación' para operaciones de otra naturaleza, frecuentemente dirigidas a inteligencias de orden diverso; pero incluso ahí, el operador serio se distingue del hechicero de bazar precisamente por la humildad con que se aproxima al misterio, sin prometerse a sí mismo, ni a terceros, poderes, riquezas o curas garantizadas. Quien promete tales cosas ya ha traicionado el espíritu de la obra.

La Cábala Práctica y sus Límites Éticos

La cábala práctica —rama que se distingue de la cábala especulativa por incluir procedimientos rituales, talismánicos e invocatorios— siempre fue vista con cautela por los propios maestros judíos que la antecedieron y la acompañaron. Textos y tradiciones rabínicas insisten, de maneras diversas, en que el estudio de los nombres divinos exige madurez moral, conocimiento previo de la Ley y de la Tradición, y una vida orientada por la caridad y la justicia. No se trataba de esoterismo para iniciados curiosos, sino de un capítulo avanzado de una disciplina espiritual integral, inseparable de la ética.

Ese cuidado permanece válido, a mi entender, para todo practicante contemporáneo, sea judío, cristiano, católico, espiritista o estudioso de tradiciones herméticas diversas. No hay nombre, sello o palabra de poder que sustituya el trabajo interior de purificación de la intención. Los setenta y dos nombres, cuando se toman como atajo para obtener ventajas materiales o dominio sobre la voluntad de otro, se convierten en instrumentos de ilusión —y, peor aún, de daño espiritual para el propio operador, que se aleja de la humildad necesaria para el verdadero contacto con lo sagrado. La magia ceremonial, bien comprendida, no es tecnología de manipulación, sino disciplina de aproximación reverente al misterio, siempre subordinada al libre albedrío de todos los involucrados, visibles e invisibles.

Entre Mundos: una Invitación al Discernimiento

Vivimos tiempos en que lo oculto se ha popularizado de manera ambigua: por un lado, crece el interés legítimo por el estudio serio de las tradiciones esotéricas; por otro, se multiplican las promesas de rituales infalibles, cursos de 'activación' instantánea y comercio de fórmulas que traicionan tanto al judaísmo como al cristianismo como a cualquier hermetismo digno de ese nombre. Ante los setenta y dos nombres del Shemhamphorasch, el estudiante sincero debería hacerse antes una pregunta sencilla: ¿por qué deseo acercarme a esto? Si la respuesta fuera poder sobre otro, riqueza fácil o huida del trabajo interior, quizá sea hora de retroceder y estudiar más, orar más, y actuar con más caridad en el mundo concreto.

Como Maestro de Ceremonias en espacio masónico y como médium que actúa cotidianamente junto al sufrimiento humano en ambiente de asistencia espiritual, he aprendido que los nombres más poderosos no son necesariamente los más largos ni los más secretos, sino aquellos pronunciados con el corazón purificado por la caridad. El Shemhamphorasch nos enseña, tal vez, menos una técnica y más una postura: la de quien se aproxima a lo inefable sabiendo que jamás lo poseerá, pero que puede, con reverencia, ser iluminado por ello. Que cada lector, dentro de su propia tradición y de su propia fe, encuentre en esta enseñanza una invitación a la humildad, y no un mapa de conquista.

Eisenheim

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