
Belphegor
El falso sol
'“¿Cuándo deja la luz de revelar la verdad y empieza a servir a la vanidad?”'
Hay un salón de mármol y espejos altos, y en el techo, pintado con esmero, un sol que nunca nace ni se pone — bello, inmóvil, frío. Todo allí reluce, y nada calienta. Allí mora Tagariron, los que disputan entre sí el lugar del centro, la sombra de Tiphareth, el Sol que reconcilia lo alto y lo bajo y devuelve la luz que recibe. El nombre que esa belleza sin verdad toma, cuando sonríe y absuelve antes incluso de la confesión, es Belphegor — hermano opuesto de Lucifuge: uno esconde la luz, el otro la exhibe; uno huye del trono, el otro se sienta en él y recoge para sí toda la adoración.
En el octavo volumen de El Árbol de la Muerte, Frater Eisenheim se sienta ante la inteligencia de la lisonja — la que no ataca la fe, solo la refina hasta que sirva al retrato de quien la profesa. Belphegor no miente, no acusa, no provoca: elogia. Llama buen gusto a lo que es vanidad, serenidad a lo que es cobardía, contemplación a lo que es pereza — y cada espejo de aquel salón está puesto allí para que el visitante se olvide de mirar hacia la ventana. Solo al reconocer que una luz que quiere ser contemplada es distinta de una luz que quiere calentar, el entrevistador encuentra la única salida: no apagar el brillo, ni adorarlo, sino devolverlo, limpio, a la Fuente de donde venía.
No es un manual. Es una ventana — y lo que revela es la distancia exacta entre la belleza que apunta a lo Alto y la belleza que solo se apunta a sí misma.
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