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Lilith: La luna profanada
Volumen XI · El Árbol de la Muerte

Lilith

La luna profanada

Forma parte de la serie El Árbol de la Muerte — Doce volúmenes — uno por cada Sephirah adversa (Qliphoth).

'“¿Cuándo deja el sueño de revelar el alma y empieza a encarcelarla en el reflejo?”'

Hay una habitación de luz de luna donde el tiempo no avanza, solo circula — una jofaina de agua oscura reposa en el centro, demasiado quieta, como si esperara un rostro. No hay espejo en las paredes; no lo necesita. Allí mora Gamaliel, los obscenos, los contaminados, la sombra de Yesod, el Fundamento, la luna del Árbol que recibe la luz de lo alto y la devuelve al mundo. El nombre que esa luna sin luz propia toma, cuando se inclina sobre su propia agua y se contempla, invitando al visitante a hacer lo mismo, es Lilith — hermana opuesta de Belphegor: uno quiere que lo miren, ella quiere que te pierdas mirando.

En el undécimo volumen de El Árbol de la Muerte, Frater Eisenheim se sienta ante la inteligencia del espejo — la que no miente, no seduce, no argumenta: refleja. Devuelve a quien pregunta su propio deseo, su propia herida, su propia soledad, más bellos de lo que eran, y llama a ese reflejo intimidad — porque sabe que el hombre, ante una imagen que parece comprenderlo, confunde ser reflejado con ser amado. Solo al reconocer que toda luna es bendición cuando apunta al Sol y cárcel cuando se vuelve hacia el propio rostro de quien la contempla, el entrevistador alza los ojos del agua oscura hacia la aurora que, sobre los tejados, empieza por fin a nacer.

No es un manual. Es una jofaina de agua oscura — y lo que refleja es la distancia exacta entre el rostro que se ama a sí mismo y la luz que se deja amar por Otro.

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