
Astaroth
La abundancia corrompida
¿Cuándo la abundancia deja de ser bendición y empieza a comprar la libertad del alma?
Hay un salón dorado donde el calor llega antes que la luz, y el perfume antes que todo — miel y flores un poco pasadas de punto, mesas colmadas hasta el exceso, copas que nadie pide llenar porque nunca dejan de rebosar. Es demasiada hospitalidad para ser inocente. Allí mora Gagh Shekelah, los que perturban todo con abundancia, la sombra de Chesed, la gran mano generosa que da sin medir. El nombre que esa generosidad podrida toma, cuando sonríe y habla, es Astaroth — no la seductora barata de los bestiarios, sino el principio de todo don que se separó del límite y pasó a comprar aquello que debería dar de gracia.
En el sexto volumen de El Árbol de la Muerte, Frater Eisenheim se sienta a la mesa de la anfitriona que nunca exige nada, porque aprendió que el hombre bien servido se encadena a sí mismo y llama cadena a su propia comodidad. Astaroth no miente, no acusa, no cobra por la fuerza: ofrece — y cada copa llena es un eslabón más en una cadena disfrazada de cariño. Cada respuesta que da es una invitación a confundir ser amado con ser mantenido dócil, hasta que el entrevistador encuentra, olvidada en un rincón entre los vinos, la única bebida de aquel palacio capaz de saciar en vez de encender: un vaso de agua simple.
No es un manual. Es una copa — y lo que contiene es la distancia exacta entre el don que libera y el don que ata.
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