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Los Cánticos de los Peldaños: los Quince Salmos de la Ascensión y la Peregrinación Interior a Jerusalén

Un ensayo sobre los Shir HaMaalot — los quince Salmos de la Ascensión — como itinerario de peregrinación exterior e interior hacia Jerusalén, la ciudad de la paz.

I. Peldaños que ascienden al corazón

Hay, en el cuerpo del Tehillim — el libro de los Salmos —, una secuencia breve y luminosa que los sabios de Israel llamaron Shir HaMaalot, los Cánticos de los Peldaños, o Cánticos de la Ascensión. Son quince composiciones, reunidas entre los capítulos 120 y 134, que la tradición rabínica asocia a los quince peldaños que, según relatos antiguos, conducían del atrio de las mujeres al atrio de Israel en el Segundo Templo de Jerusalén. Sobre cada peldaño, se dice, los levitas entonaban uno de estos cánticos, y el peregrino que subía al santuario ascendía también, verso a verso, en su propia alma.

No es poca cosa notar que la arquitectura sagrada y la poesía litúrgica se encuentren en un mismo gesto: el de transformar un desplazamiento físico — desde los arrabales de la ciudad hasta el corazón del Templo — en un itinerario espiritual. Quien visita Jerusalén con los pies visita, al mismo tiempo, con el espíritu, algo que no se mide en estadios ni en codos. Los Salmos de la Ascensión son, por ello, más que himnos de viaje: son un mapa discreto del alma que desea aproximarse a lo sagrado sin perderse por el camino.

II. La peregrinación como memoria y como promesa

En el calendario judío, tres fiestas — Pessach, Shavuot y Sucot — convocaban al pueblo de Israel a subir a Jerusalén, cumpliendo el precepto de la peregrinación. Venían de aldeas de Galilea, de villorrios de Judea, de comunidades distantes, y el camino era largo, muchas veces penoso, sujeto a la fatiga, a la incertidumbre, al temor de asaltantes en los caminos o a la nostalgia del hogar. No es de extrañar que los Cánticos de los Peldaños hablen tanto de angustia y súplica como de confianza y reposo: nacen de gente que camina, que sufre en el trayecto, y que deposita en la jornada una esperanza mayor que el cansancio.

Uno de los versos más conocidos de esta colección evoca la pregunta sobre el origen del socorro, respondida por la contemplación de los montes y, detrás de ellos, del Creador que los formó. Esa imagen — el peregrino que alza los ojos hacia las elevaciones del camino y allí reconoce una señal de protección — sintetiza bien el espíritu de toda la serie: el paisaje físico se convierte en lenguaje espiritual, y el cansancio de la ruta se reinterpreta como parte de un proceso de purificación y aproximación. La peregrinación, aquí, no es solo rito social u obligación cúltica: es pedagogía de la confianza.

III. De la angustia al reposo: el recorrido emocional de los quince cánticos

Quien lee los Shir HaMaalot en secuencia percibe un movimiento casi dramatúrgico. Los primeros cánticos traen el clamor de quien se siente exiliado, cercado por lenguas hostiles, sediento de paz en un mundo que parece conocer solo la guerra. Hay en ellos una conciencia aguda de la distancia — geográfica, pero también existencial — entre el lugar donde se está y el lugar hacia el cual se desea ir. Esta es, tal vez, la primera lección de estos salmos: reconocer honestamente el punto de partida, sin disfrazar la aflicción con un optimismo apresurado.

A medida que la secuencia avanza, el tono se transforma. Surgen imágenes de confianza — el guardián que no duerme, el labrador que espera la cosecha con paciencia, la familia reunida como señal de bendición, el siervo que aguarda el gesto del señor como la mirada aguarda la mano que ha de socorrerlo. Los cánticos finales hablan de unidad fraterna, de bendición que desciende como rocío sobre los montes, de reposo definitivo en el santuario. Hay, por tanto, un arco: de la dispersión a la unidad, del clamor a la quietud, del camino al Templo. Es este arco el que autoriza la lectura simbólica que, a través de los siglos, los místicos judíos, y más tarde los comentadores cristianos, hicieron de estos textos — no como itinerario únicamente de la Jerusalén terrenal, sino como itinerario del alma hacia su propia centralidad sagrada.

IV. Jerusalén como símbolo del centro interior

La tradición mística judía siempre reconoció en Jerusalén una doble naturaleza: la ciudad histórica, de piedra y memoria, y la Jerusalén celeste, arquetipo de plenitud y paz que ninguna conquista militar o disputa política puede tocar. Cuando el peregrino subía físicamente al Templo, ascendía también — según esta lectura — hacia un estado interior de integración, en el cual las fragmentaciones de la vida cotidiana encontrarían reposo. No es casualidad que el propio nombre Yerushalayim haya sido leído por comentadores como conteniendo la raíz de shalom, paz: la ciudad sería, en su esencia simbólica, morada de la paz que se busca y rara vez se posee por entero.

Esta lectura no pertenece exclusivamente al judaísmo. El cristianismo primitivo, heredero directo del Salterio, reinterpretó los Cánticos de los Peldaños como figura del alma que asciende hacia la Jerusalén celeste mencionada en las Escrituras cristianas, y monjes y místicos cristianos los rezaron como escalera espiritual, peldaño tras peldaño, en dirección a la contemplación. Tradiciones esotéricas posteriores, incluyendo ciertas corrientes de la Masonería especulativa, absorbieron la imagen de los peldaños como metáfora de progreso moral e iniciático. En todos los casos, se preserva algo común: Jerusalén deja de ser solamente destino geográfico y pasa a designar un centro simbólico de unidad, hacia el cual cada tradición apunta con su propio lenguaje, sin que esto deba ser motivo de disputa, sino más bien de reverencia compartida ante el misterio de la búsqueda humana de lo sagrado.

V. La oración como camino y la peregrinación de cada día

En la liturgia judía, los Shir HaMaalot siguen vivos: se recitan en ocasiones específicas, como ciertos momentos del shabat y de las fiestas, y permanecen parte del tesoro devocional de sinagogas alrededor del mundo. Pero su fuerza no se agota en el uso ritual prescrito. Hay algo en estos quince cánticos que invita a cualquier persona de fe sincera — judía, cristiana, o simplemente buscadora de lo sagrado — a reconocer, en la propia vida, los peldaños que necesita subir. Pocos de nosotros peregrinaremos físicamente a Jerusalén; todos, sin embargo, atravesamos valles de angustia, esperamos un socorro que parece tardar, y aspiramos, aunque sea remotamente, a un reposo que solo la paz verdadera puede ofrecer.

No corresponde a este ensayo prometer que la lectura o recitación de estos salmos produzca un efecto garantizado, ni sugerir que sean fórmula mágica de pacificación instantánea. Lo que la tradición nos ofrece, más bien, es un método de atención: la posibilidad de transformar la inquietud cotidiana en oración consciente, el desplazamiento banal en jornada con sentido. Rezar los Cánticos de los Peldaños — o simplemente meditar sobre su recorrido simbólico — es ejercicio de humildad ante el tiempo que la subida exige. No hay atajo para los peldaños del Templo; hay solo el compromiso paciente de subir uno a la vez, sostenido por la confianza de que el socorro, si llega, vendrá de manos que superan la propia estatura de las montañas.

Eisenheim

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